La Pesadilla del Cerro Chuño
3 febrero, 2016   //   Sociedad

Recorrer las calles y pasajes de la Población Cerro Chuño, es como adentrarse a un lugar ajeno a la cuidad, es como estar en un lugar donde hubo una gran guerra, una catástrofe o un  bombardeo. Un lugar donde la gente se fue y huyó del peligro, del temor y del olvido. Sin embargo, aunque parezca increíble, este lugar aún alberga a familias que viven entre casas vacías y destruidas y que esperan salir de ahí, escapar y huir del peligro, del temor y del olvido.
“Esta población nació maldita y parece que siempre será así”, cuenta Gabriel Quispe (48), quien tiene una botillería en el sector Cerro Chuño de Arica, escenario de uno de los capítulos más tristes de la historia de la ciudad nortina: cerca de cinco mil personas que hasta el año pasado residían en viviendas sociales construidas en ese lugar, hoy padecen las consecuencias de la contaminación por metales tóxicos que fueron depositados hace tres décadas en el sector.
Y pese a que los habitantes fueron erradicados, nuevas familias se han tomado esas casas que no fueron demolidas, generando, según vecinos, un foco de delincuencia. “Le tuve que poner rejas al negocio, porque ya me han asaltados tres veces”, agrega Gabriel mientras sube por la empinada Morrillos, calle principal y columna vertebral de la población.
El olor no es agradable y el paisaje tampoco. Entre angostos pasajes se aprecian las propiedades vacías, sin puertas ni ventanas, con letreros del Serviu que informa que tienen orden demolición y al lado carteles que pusieron los propios vecinos con la frase: “peligro: Veneno”.
Las personas que ocuparon las casas se defienden. “Si están ahí por qué no podemos usarlas. Quién en este país no necesita tener una casa. Somos pobres. No es fácil”, cuenta Yamilé Torres, quien vive con su pareja y cuatro hijos pequeños en una casa que como puerta tiene una cortina y cartones como ventanas. “Las casas vacías las desmantelaron, se robaron todo lo servía para vender”, agrega.

El engaño
La historia de la contaminación por metales tóxicos comenzó en 1984, cuando Arica recibió durante cinco años cerca de 20 mil toneladas de desechos tóxicos (plomo y arsénico) provenientes de Suecia, con la excusa de ser materiales que se reciclarían para obtener oro y plata. Los metales fueron depositados en un área llamada “Sitio F”, a dos kilómetros del radio urbano de la ciudad. Sin embargo, entre 1990 y 1992 se construyeron tres poblaciones de viviendas sociales cerca del “Sito F” y, en menos de dos años, los habitantes del naciente barrio comenzaron a sufrir afecciones similares: leucemia, cáncer al pulmón, de piel, enfisemas, embarazadas que perdían a sus bebes y niños con malformaciones.
En 1998 las autoridades de Salud de la época tomaron muestras a todos los habitantes de la población, para medir la cantidad de metales pesados que tenían en la sangre. “Se demoraban mucho en entregarnos los exámenes y después nos dijeron que se perdieron. Algunos los entregaron, pero dudamos, porque las personas que estaban más enfermas, tenían resultados súper buenos”, recuerda Patricia Aguirre, habitante del sector y madre de Abigail, quien nació con Malformación de Chiari, que se genera por la inhalación constante de metales tóxicos durante el embarazo.
Ante los graves daños que evidenciaron los exámenes, los encargados del proceso quemaron los informes y otros fueron adulterados. El engaño se descubrió y la justicia obligó al Estado de Chile a iniciar un plan de remediación, que consistió en el pago de $ 10 millones a cada uno de los afectados, la construcción de un centro de salud exclusivo para ellos y la entrega de nuevas casas en otro sector.

Tomas
La erradicación de Cerro Chuño comenzó en 2012 y aún no termina. De las 875 familias que deben emigrar, 278 aún no han sido relocalizadas. Las casas deshabitadas nunca se demolieron y fueron tomadas por familias chilenas y también extranjeras. Según datos del Servicio Jesuita a Migrantes, un 30% de las viviendas ocupadas corresponden a inmigrantes colombianos.
“Nosotros sólo queremos un futuro mejor. Si hay delincuencia puede ser cualquiera. Chileno o colombiano. No tiene que ver la nacionalidad”, agrega Jairo, quien es oriundo de Buenaventura, según él, la ciudad más violenta de Colombia. No es su nombre real. No quiere darlo ni menos fotografiarse, porque dice que llegó a Chile escapando de la mafia. Ocupa una de las casa junto a cinco compatriotas más.
Carabineros y la PDI han realizado redadas en el sector, constatando que los microtraficantes no siempre pernoctan en las casas, sino que las utilizan sólo para organizar la comercialización. Luego la abandonan y se van a otra.
“Decidimos intervenir el sitio para bajar los niveles de inseguridad que tiene la población. Ha habido hechos delictuales y ataques a Carabineros. Como hubo una erradicación, el sector quedó abandonado y ya no funcionan las luminarias, lo que aumenta la probabilidad de delitos”, cuenta Darwin Herrera, comisario de la PDI.
Pero los vecinos no sólo reclaman por la delincuencia. Aseguran que en el sector se generó también un problema sanitario. “Todos están colgados a la luz de forma precaria. En cualquier momento puede haber un incendio. Además, como no tienen agua, hace sus necesidades en cualquier parte”, se queja la vecina Carolina Rodríguez.
Tras la erradicación del sector, el Serviu cercó con rejas la población y también puso protección en las viviendas vacías. Sin embargo, estas barreras fueron destruidas por quienes se tomaron los inmuebles.
El reclamo de los vecinos es la demolición, pero desde Vivienda explican que no pueden hacerlo, porque aún hay familias que no ha sido relocalizadas y residen en conjuntos pareados de 10 casas que no pueden ser derribados de forma individual.
“El error fue del gobierno anterior por planificar la erradicación en etapas, lo que llevó a que no quedaran todas las casas vacías de una vez”, comentó el director regional del Serviu, Juna Arcaya, quien aseguró que ya solicitaron recursos al Ministerio del Interior para comenzar el proceso de demolición.
Cae la tarde y Gabriel cierra la reja de su botillería. Se ve más gente que sube por la calle Morrillos, regresando de sus trabajos. Colectivos y micros no suben. Cerro Chuño se apronta para una nueva noche.

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